A la memoria de mi padre, su nieto, José Luis Parrilla Gallegos (1937-2012)

Lo decía el gran José Antonio Blázquez en uno de esos innumerables artículos que nos dejó: “El sevillismo, un estilo.  (…) Es un club con su propio y único estilo. Y a él responde su afición. El que no se sienta prendido por ese modo de ser, no entra en el juego. Sencillamente, no cabe. Hay que ser señor. “

Eso debió imaginar en su mente el jerezano José Luis Gallegos cuando en 1905 decide emprender junto a un grupo de jóvenes, sus amigos Manuel Jiménez de León, Ángel Leániz, Tiburcio Alba o Luis Ibarra entre otros, la por entonces romántica tarea de sentar las bases del football en la ciudad hispalense.

Una ciudad la del todavía por entonces arzobispo mendigo Spínola, después cardenal, D. Marcelo de Sevilla, como ya era llamado el todavía por entonces arzobispo, azotada por la hambruna en 1905. El mismísimo Spínola- que moriría en 1906- se encargó personalmente de ir pidiendo limosnas para remediar el hambre de los campesinos sevillanos afectados por esta gran tragedia. En contrapunto a esta penosa situación, sofocada en parte por el arzobispo mendigo, encontramos a una ciudad que fue una de las pioneras en matricular vehículos automóviles según nos cuenta el gran periodista y escritor valenciano pero sevillano de adopción,  Nicolás Salas en su libro Sevilla, 1905: “(…) El empresario labrador carmonense Vicente Turmo Romera, un sportman de deportes de élite de la época, matriculó en 1905 a su nombre el primer automóvil del parque sevillano, un Renault modelo 1904. La placa SE-2 correspondió a un Ford propiedad del torero Emilio Torres Bombita, y la matrícula SE-3 a un Itala de Vicente Turmo Benjumea.”

Aunque pionera en matricular automóviles, Sevilla obedecía a ser calificada como una ciudad llena de contrastes. Cierto. Gran actividad en el periodismo pese al analfabetismo reinante, constantes novedades teatrales, proliferación de las veladas de barrio, romerías, los cafés cantantes donde el flamenco brillaba con luz propia –con la Semana Santa y Feria aparte- amén de la Fiesta Nacional, que superaba con creces a todas las aficiones. Sin embargo, la alta tasa de mortalidad infantil lastraba a una población que acogía las primeras proyecciones cinematográficas en un barracón del Prado de San Sebastián en este mágico año de 1905.

En este contexto y en los albores del siglo XX se desarrolla la fundación del Sevilla. Y en la fundación está implicado un joven llamado José Luis Gallegos Arnosa (Jerez de la Frontera, 1880 – Sevilla, 1942). Aunque de condición jerezana pero sevillana este joven emprendedor de apenas veinticinco años se convierte en un “(…) mecenas del deporte e impulsa cuantas iniciativas surgen en la ciudad con la práctica de alguna modalidad deportiva como principal argumento. Un ejemplo de ello es el Club Náutico, en cuya fundación participa activamente, o en el Círculo Mercantil, de cuya Junta Directiva forma parte. Más adelante, esta vinculación resulta decisiva para que el Sevilla juegue en el campo del mercantil, situado en el Prado de San Sebastián”

Gran valentía la de este jerezano, que se convierte, por derecho propio, en uno de los baluartes del deporte sevillano. Y su discurso durante la cena celebrada en el Pasaje de Oriente al día siguiente de la fundación del club resume el ideario sevillista. Pero también resume el ideario personal de este gran jerezano. Hombre abierto, sencillo, tradicional y moderno a un mismo tiempo, había llegado a Sevilla tras haber pasado buena parte de su infancia en Jerez de la Frontera. Su padre, Adolfo Gallegos, trabaja en una bodega jerezana hasta que se traslada por motivos laborales a la capital sevillana. La llegada de José Luis a Sevilla –que debió ser sobre 1890- no le reporta muchos beneficios a este joven adelantado puesto que las correrías llegan a oídos de su padre y este se ve, en parte obligado a enviarlo a estudiar a las islas británicas por el año de 1894, con catorce años de edad, con el claro objetivo de que complete su formación lejos de Sevilla. Es cierto que la historia se pierde un poco en cuanto a las referencias del joven José Luis en Inglaterra, pero sabemos que pisó ciudades de la talla de Oxford y Liverpool, una para formarse como perito mercantil y a la vez, aprender idiomas como el inglés, francés, italiano y alemán,  y otra para impregnarse de sus primeros partidos de fútbol e interesarse sobre el reglamento de este deporte. Pero lo que nadie aventuraba era que se convertiría en propulsor de la nave sevillista. Una vez regresa a Sevilla, trabaja como consignatario de buques, lo que le reporta una estrecha relación con los británicos que arriban al puerto de Sevilla y  ya  manifiesta, como hemos contado anteriormente, su amor hacia la práctica de los sports y hacia el football particularmente.

Una vez deja la presidencia en 1908, José Luis Gallegos continúa vinculado estrechamente al club de sus amores e incluso vuelve a ser presidente interino de la entidad. Se ha dicho ya en alguna ocasión que José Luis Gallegos era un adelantado a su tiempo. Cierto. Pero lo que habría que dejar muy claro es que su  criterio iba más allá de lo meramente deportivo. Juan Castro Prieto lo deja patente en su libro Primeros pasos del foot-ball sevillano: “ (…) y ¿cuál es la obra moralizadora del sport? ¿Queréis contestarme a una sola pregunta? ¿Dónde estarían o que harían durante el tiempo que se pasan en el prado esos centenares de muchachos? La contestación todos la sabemos … . Todos debemos contribuir a los sports, con ello beneficiamos a la juventud, contribuyendo a la formación de la generación sana y fuerte que un día ha de ser la salvaguardia de nuestra patria”. Este artículo, publicado en el Fígaro en 1914 responde al ideal que José Luis llevaría siempre por bandera.

Hombre que resume un ideal brillante, casó con Soledad Bellido Caro (Morón de la Frontera, Sevilla, 1889, Alcorcón, Madrid, 1980), persona buena donde las haya, de la que tuvo tres hijas: María Luisa, Josefina, y María del Carmen, ya fallecidas. Su domicilio estaba localizado en el famoso barrio del Tiro de Línea, concretamente, en avenida de los Teatinos, número 40. Y su casa era conocida como “Villa Pilar”, donde el ambiente familiar era importante y primaba sobre todas las cosas. Hombre religioso, estaba vinculado a la Hermandad del Gran Poder de Sevilla. A la Hermandad del Señor de Sevilla, donde precisamente fue bautizado mi padre, su nieto primogénito, al que llamaron como a él y que heredó y desarrolló  en la localidad de Paradas (Sevilla) todas sus actitudes. Se comprometió en su pueblo de adopción a realizar lo mismo que hizo su abuelo José Luis: la salvaguarda de las tradiciones como valor fundamental en el desarrollo de las generaciones y en definitiva, del ser humano. Que Dios lo tenga en su gloria como ya tendrá a nuestro protagonista, José Luis Gallegos Arnosa, bienhechor del sevillismo y piedra fundamental en la historia de esta entidad centenaria.

                                                   PABLO PARRILLA GONZÁLEZ