Nacido en la localidad sevillana de Coria del Río el diez de abril de 1937, Ruiz Sosa revive en la mente del sevillista una época gloriosa, con el gran Helenio Herrera en el banquillo y épicas batallas ante el mejor Madrid de la historia como principales argumentos.

Centrocampista que mezclaba a la perfección la garra con la calidad técnica, clase y contundencia, Ruiz Sosa se formó en la cantera del Coria, de donde pasó a los juveniles del Sevilla en el verano de 1954. Después de ser cedido de nuevo al Coria, equipo que siempre ejerció de fértil vivero para Sevilla y Betis, Ruiz Sosa se instaló definitivamente en el primer equipo del Sevilla en la temporada 56/57. Milita en uno de los mejores equipos de la historia del equipo andaluz, que logra el subcampeonato de Liga y a la temporada siguiente llega a los cuartos de la Copa de Europa después de dejar en el camino al Benfica. El Madrid, siempre el Madrid, le privó de alzar un título, como en 1962, cuando de nuevo el equipo de la capital de España le gana al Sevilla en la final de la Copa del Generalísimo. Jugó ocho temporadas en el cuadro andaluz, donde formó con el paraguayo Achúcarro una de las medias más importantes de su historia.

En 1964, Ruiz Sosa firma por el Atlético de Madrid. Antes, el 26 de octubre de 1960, debuta como internacional en un partido que España juega ante la selección de Inglaterra, perdiendo por 4-2. Fue internacional cuatro veces más, siempre con el Sevilla. En el Atlético, en el gran Atlético de Luis Aragonés, Adelardo o Gárate, llegaron los títulos, la Copa de 1965 y la Liga en 1966. En 1968 se marchó del Atlético y jugó en el Linares para acabar su carrera como futbolista en el Granada.

Posteriormente, llegó su trayectoria como entrenador, en clubes como el Oviedo y el Jaén. En 1993 regresó al Sevilla para ser asistente de Luis Aragonés, hasta 1995. Siguió trabajando en el club, tanto en la cantera como en la secretaría técnica, padeciendo malos momentos y pudiendo colaborar, ayudando a forjar a jugadores como Reyes, Sergio Ramos o Antonio Puerta, en la explosión de este Sevilla que ahora llora su ausencia, la de un grande de esta entidad.

Diario EL Pais, Rafael Pineda 2.009

 

 

Rescatamos un artículo publicado el 28 de abril de 2.006 escrito por Alejandro Delmás en Diario As.

Lloraba Manuel Ruiz Sosa, el medio centro internacional de Coria que en los años 60 era tan necesario para el Sevilla y el Atlético de Madrid como el balón para el partido. Lloraba Manolito Ruiz Sosa a la luz de la Feria, en la caseta de la Peña Al Relente, horas antes del partido, lloraba de emoción, como lloran los hombres, porque ya sabía que su Sevilla, los que son sus herederos, se metía en la final de Eindhoven, la ciudad de la Philips. Las lágrimas de emoción de Ruiz Sosa cruzaban el Guadalquivir, entre Coria y Triana: de Coria salieron y en Coria crecieron para el Sevilla futbolistas como el mismo Ruiz Sosa, Pato Araujo, Marcelo Campanal, Herrera I, Enrique Lora… y en Triana, en el Triana Balompié de los años 60, empezó a gestarse el temple de Antonio Puerta, el purasangre que anoche conectó el zurdazo de su vida: Añoño, el padre de Puerta, fue un fino delantero en el verdiblanco Triana Balompié. Se echó novia en Nervión. Y allí se quedó.

Añoño, que se juntaba en el Triana con Cristo, Demetrio, Quino y Bizocho, tuvo un niño de Nervión que creció en el Sevilla y para el Sevilla en los potreros de la Ciudad Deportiva que cuidan Pepe Alfaro, Ruiz Sosa, Pablo Blanco, Monchi: la cantera del Sevilla, su mejor joya. Y, cuando lloraba lágrimas sevillistas, al sol rojo de Al Relente, Ruiz Sosa recordaba así al gran Fernando Guillamón: «el lateral con más llegada que he visto». Era que su corazón sevillista ya le decía que el gol del triunfo lo iba a meter el hijo de Añoño: entre Coria, Nervión y Triana.